viernes, 31 de enero de 2014

Amor

Se duchó y se vistió. Estaba muy nervioso. Con cada movimiento al intentar anudarse la corbata le venía a la mente la cara de ella. Subió a la azotea y, allí, la muerte le estaba esperando con una expresión de alegría en su huesudo rostro.

miércoles, 1 de junio de 2011

futuro incierto

Jürgen encendió un cigarro. Lo necesitaba. Valencia le agobiaba. Le pasaba cada vez que visitaba esa ciudad. Y más aún ahora, con la feria del libro en su apogeo y toda la gente apelotonada entre las casetas. Además estaba enfadado. El cargamento había llegado tarde. Ese puto barco siempre se retrasaba. Aunque la culpa la tenía el capitán, vividor donde los haya. Había sido acusado por violación y todo. Cada mes, Jürgen se replanteaba volver a trabajar con él. Se acordaba de cuando era pequeño y no encajaba en su clase. Con nadie. Y ahora aquí está, esperando. Por fin, media hora después el barco llegó.

Sube a bordo y baja hacia el almacén. Se planta delante de la puerta, como dudando. La abre. Docenas de ojos se abrieron a la vez, fijos en los suyos. Iba a ser difícil elegir esta vez. Entra y cierra la puerta.

lunes, 30 de mayo de 2011

mariposas (dos)

Amor. Nunca una palabra le había parecido tan cercana.

Pero lo estaba.

sábado, 12 de febrero de 2011

la vida (no) es así

Dos muertos y una veintena de detenidos en una pelea masiva entre "chalequeros" de Cruz Roja y Aldeas Infantiles
Los dos grupos de captadores de socios llevaban tiempo disputándose el control de las calles del centro
Dos personas perdieron la vida ayer en lo que ya se conoce como "la guerra de los chalecos", un enfrentamiento de proporciones masivas en el que participaron en torno a 50 captadores de socios de Cruz Roja y de Aldeas Infantiles. La Policía ha realizado 20 detenciones.
Los hechos ocurrieron a las 16:30 horas de la tarde de ayer cuando dos captadores abordaron a la misma persona. La confusión inicial hizo que la persona pasara de largo y dejara a los dos "chalequeros" discutiendo sobre quién ostentaba los derechos sobre esa concurrida zona del centro urbano. La trifulca llegó a las manos y los compañeros de los implicados acudieron a separarlos. Según los testigos hubo un cruce de insultos entre los dos grupos del tipo "nuestra labor es más solidaria" y "vuestra ONG tiene más de marketing que de labor humanitaria".
Todo apunta a que el detonante de la pelea fue el lanzamiento de una carpeta con formularios de inscripción sin que conste qué grupo lo inició. El enfrentamiento se extendió durante varios minutos hasta que llegó la Policía, aunque ya era demasiado tarde. T. P. M. mujer de 26 años de (voluntaria en Cruz Roja) y H. D. P, varón de 23 (captador de Aldeas Infantiles), perdieron la vida en la refriega. Sus restos han sido puestos a disposición del Instituto Anatómico Forense a la espera de la autopsia. Los detenidos ya han sido puestos a disposición judicial.
Ambas organizaciones han emitido un comunicado conjunto en el que condenan la violencia y expresan su dolor por la muerte de los dos voluntarios. Sin entrar en justificaciones, el comunicado explica "la dura situación de los chalequeros desde la llegada de Internet". "Antes de la red era la gente la que acudía a nosotros", relata, "pero ahora los interesados se enrolan en las páginas web y ya no se respeta el chaleco. Todo el mundo tiene prisa o ya es socio. La pasión solidaria de nuestros captadores hizo el resto".
Por su parte, la asociación Española contra el Cáncer y la Hermandad de Donantes de Sangre se han ofrecido a guiar el proceso de pacificación de las calles del centro. El Ayuntamiento aún no se ha pronunciado pero el grupo en la oposición ha lanzado la propuesta de hacer una estatua en memoria de los fallecidos y en reconocimiento a la labor de los "chalequeros".




Este relato ha sido escrito por Cuervo, blogger invitado a Escanciador de Palabras:
(http://graznidosdecuervo.blogspot.com/)

domingo, 26 de diciembre de 2010

sangre

Recibió las primeras muestras muy temprano esa mañana. La verdad es que sabía desde ayer que los del hospital se darían prisa, esos días tenían mucho jaleo. Desde que los medios de comunicación se hicieron eco días atrás de de esa posible "pandemia", como decían, de un nuevo tipo de gripe, la alarma social empezó a sonar y eran muchas las personas que estaban acudiendo a hacerse análisis de sangre. El laboratorio se encuentra en el sótano del hospital, pero el doctor Ricardo Lumen no sentía ningún tipo de envidia hacia las enfermeras de la planta baja, que trabajaban en unos despachos con mucha luz y tenían trato directo con las personas. No, eso a el le daba igual. De hecho, lo prefería así. Desde siempre se sentía más cómodo en ambientes más oscuros y, cuanta menos gente hubiese alrededor para relacionarse, mejor. La luz fluorescente del laboratorio tintineaba y no se molestaba en cambiarla. En una ocasión, el bedel del hospital entró con la intención de hacerlo, ya que se lo había dicho la limpiadora. Pero esa noche el doctor Lumen se había quedado trabajando hasta tarde y se lo impidió, aunque le costó. "Déjelo, yo soy el que trabaja en esta sala y a mi me gusta así". "Pues se le va a acabar fundiendo". "En ese caso, deje aquí el recambio y, cuando eso suceda, yo mismo lo cambiaré". El bedel acabó dándose por vencido, contra su deseo, y abandonó la estancia soltando improperios sobre el ego y la soberbia de todos los médicos.
La primera remesa de muestras era de 25, como siempre. 25 relucientes y vidriosos tarros con fresca sangre. Podía sentir el rojo líquido moverse aún, como si tuviese miedo de escapar del cuerpo que lo contenía. Sí, al doctor Lumen le gustaba la sangre. Y, cuanto más fresca, mejor. Pero tenía que resistirse, había gente que esperaba que fuese analizada. Ya no solo los ex-propietarios o contenedores de sangre, como a él le gustaba llamar a las personas, si no sus jefes. Y no podía arriesgarse a perder ese trabajo, el trabajo ideal. No, no podía perderlo por nada del mundo. Así que debía analizar cada una de las muestras que le llegasen. Pero, por suerte, la cantidad necesaria para su análisis era menor de la que le llegaba en cada tarrito. Así que, aún resistiéndose, podía beber. Aunque trabajaba solo en ese lóbrego laboratorio, no solía llevar a cabo su vicio secreto a la vista de un posible visitante. No había muchas personas, digamos, que le visitasen, pero toda precaución es poca. Así que se dirigía a un despacho contiguo al que se entraba por un lado del laboratorio. A la vista del "público" siempre lo tenía cerrado con llave cuando el no estaba y ninguna otra persona que no fuese él no había entrado nunca. Ese día, tan solo unos segundos después de recibir las muestras, ya se estaba metiendo en su despacho.

La enfermera jefe estaba bastante contenta con la chica que le habían mandado esa misma mañana a hacer las prácticas de extracción. Se llamaba Carolina y, al principio, la chica estaba un poco nerviosa, pero era normal. Había pensado en el día en que le sacó sangre a alguien por primera vez: temblaba de miedo, aunque intentaba con todas sus fuerzas que no se le notase. Fue en vano, ya que tuvo que pinchar tres veces a un paciente, sin éxito. Su supervisora acabó de hacer el trabajo y luego le echó una bronca que oyeron todos los presentes en la planta. Sintió mucha vergüenza, así que se propuso no ser muy dura con aquella chica de prácticas. Aunque tampoco mostrarse débil, ya que no le gustaban mucho las maneras de la juventud de hoy en día. Pero estaba contenta. La chica solo había tenido un problema, con el primer paciente, al que tuvo que pinchar dos veces, ya que la primera no tuvo éxito encontrando la vena. Pero ella le dijo que no pasaba nada, que intentase no ponerse nerviosa. Se relajó y, a partir de ahí, lo hizo todo bien. Pero unos momentos después de enviarle por un montacargas directo entre la enfermería y el laboratorio las muestras al doctor Lumen, se dio cuenta de que Carolina había hecho otra cosa mal. Vio que había una pegatina que no había puesto en un tarro. Un tal Mateo Luna se había quedado sin identidad en el laboratorio. Le dijo que estuviese más atenta la próxima vez y la mandó al laboratorio a darle al doctor la pegatina para que la pusiese donde correspondía.
Carolina salió de la sala de extracción un poco preocupada por sus dos errores del primer día. Pero mientras caminaba hacia el sótano, se dijo a sí misma que no se preocupase, que los primeros días de todo el mundo nunca son perfectos. Que su supervisora seguro que también tuvo sus errores. Aunque no se imaginaba, después de unas horas con ella, que ni el primer día pudiese haber tenido ningún tipo de error. Ya estaba llegando al laboratorio. Pensaba que ella nunca podría trabajar en un pasillo como aquel. Muy oscuro, muy deprimente. Como ningún paciente tenía permitido el paso allí, la dirección del hospital no ponía mucho esmero en adecentarlo y las paredes estaban llenas de humedades y desconchones. Les hacía falta un par de capas de pintura. Y hacía frío. Ya estaba frente a la puerta. Llamó con los nudillos, pero nadie respondió. Esperó unos segundos y volvió a intentarlo. Nada. Pensó que, quizá, el doctor Lumen estaría tomándose un café. Y sonrió al pensarlo. Con un poco de suerte no habría visto las muestras aún y no se habría dado cuenta de su error. No le agradaba la idea de que otra persona que no fuese su supervisora se diese cuenta de que lo había hecho mal. Así que entró, dispuesta a subsanarlo antes de que el doctor volviese. La estancia estaba vacía y, entre los aparatos, buscó las muestras. No estaban por ningún lado. Escudriñó la habitación en busca de algún rincón donde pudiesen encontrarse, pero no las vio. Eso sí, se dio cuenta de una puerta cerrada al otro lado de la sala. Había que fijarse bien para verla, la verdad, ya que se disimulaba bastante bien con el resto de la pared. Pero el pomo la había delatado. Se acercó y pegó la oreja. Oía música clásica. Así que no había salido a tomar café, si no que se habrá llevado las muestras a su despacho, pero no entendía por qué, ya que los aparatos para su análisis no se encontraban ahí dentro. Abrió la puerta y lo que vio le dejó asombrada: un señor canoso y con barba, que vestía una bata blanca y que dedujo que se trataba del doctor Lumen, se estaba bebiendo el contenido de un tarro. ¡No podía ser! Cerró los ojos un segundo y, cuando los volvió a abrir, vio que ese hombre la había descubierto y la estaba mirando. Con ojos de ira.

...

jueves, 10 de junio de 2010

OTRO LADRILLO EN EL MURO (P.F.)

Se encontraba sentado de nuevo en aquel paraje solitario. Se consumía el cigarrillo en su mano, sin apenas haberle dado dos caladas.
Su barba se había vuelto blanca y espesa, sus ojos destellaban tristeza, se le notaban las costillas y su mente seguía recordando aquellos días de gloria.

Distinguió a Lily, su nieta pequeña, correteando por la casa familiar y jugando con el viejo gato. Su gato... Si pudiera hablar aquel animal... Lily no se percató de la presencia de su abuelo Pinky. La observaba. Era feliz, como lo había sido él hasta aquel fatídico día...


Estalló la II Guerra Mundial, una guerra donde la idea de progreso se había puesto al servicio de la destrucción masiva. Su padre fue un luchador nato. Al recordarle sus ojos se volvieron a entristecer y clavaron su mirada en la pequeña niña. Ese día él tenía seis años. Se preguntaba por qué su padre había abandonado la casa, vestido de militar. Lo vio alejarse en una camioneta verde... Pinky estaba como su nieta ahora, jugando en el solitario paraje británico. Recordaba con nostalgia la rata que recogió a la orilla de la acequia que pasaba por allí. La guardó durante dos día en el taller de su padre, pero no resistió al frío.
Aquel día su madre estaba sentada en la mercedora. Era un bonito día de primavera y las flores lucían sus pétalos al cielo. El teléfono ocupaba el lado derecho de la mesa redonda. En una cuna dormía su hermana plácidamente. Y aquel sonido la despertó... Fue la llamada más triste de todas... "¿Señora de Floyd?... ... Su marido ha caído en combate contra los alemanes". Escuchó los llantos de su madre, y de su hermana.
Su madre le había querido con locura, intentando protegerle de las féminas arpías, de las enfermedades... Cuando tenía fiebre, ella estaba ahí...Pero echaba de menos a su padre... Soñaba día a día con su madre durmiendo en la cama de matrimonio y veía el cadáver putrefacto de su padre al lado. Pinky gritaba, y su madre iba a abrazarlo. Y así, noche tras noche.
El mundo no le gustaba. El desastre tras la guerra hizo que se creara su propio escudo protector. Odiaba a las mujeres, odiaba su vida y odiaba a la sociedad. Tenía miedo a los profesores. Eran seres despreciables que defendían la alienación, la violencia y el maltrato. También los odiaba. Se evadió en el mejor mundo... El mundo de la música. Pinky cerró sus viejos ojos y rememoró los momentos vividos con su grupo de rock que le hizo tocar las estrellas y ser el dueño de su pequeño mundo. Con sus canciones podían criticar el sistema, podían incitar al cambio... Pero aquellos martillos alienantes chocaban contra su cabeza una y otra vez, y volvía a ver el cadáver de su padre en sueños.
Se volvió loco. Se refugió en las drogas, el sexo desenfrenado, el alcohol y el tabaco... Tenía ansiedad, la fama se lo había comido. Su mujer lo amaba pero ese odio que tenía al sexo opuesto le impedía quererla... Se casaron... Nunca sabrá por qué. Y tuvieron una hija, aunque tampoco supo si realmente era suya o no... Su mujer le era infiel.
Recordó esa noche... Su mujer volvía de follar con su amante. Él estaba mirando la tele. Hablaban de política, de la subida del consumo y... de la Guerra Fría. Sarah le acarició la mano... Pinky sintió que le ardía y su locura estalló como nunca antes. Rompió todas sus guitarras, le tiró los muebles encima a Sarah, aunque logró escapar; destrozó mesas, sillas, apuñaló su propia almohada y tiró la televisión por la ventana... Hizo añicos la hermosa cristalera que envolvía aquella mansión y gritó al aire, clavándose los cristales en la palma de la mano: "Jodeos hijos de la gran puta".
Tras este momento de furia necesitaba pensar. Creía en la libertad, en la paz, pero no podía hacer nada si nadie lo seguía. Ya no había conciertos, y Marcus, su amigo y batería del grupo había muerto de sobredosis en la cama de una prostituta mulata. Las convocatorias a manifestaciones crecían y él, allí estaba, en su piscina,tumbado bocarriba, con la mano chorreando sangre. Veía el muro... Veía los martillos desfilar imponentes ante personas diminutas... Estaba loco, estaba sujeto a una sociedad odiosa... Y pensó: "si no puedes con el enemigo, únete a él."
Y lo hizo... Fundó su propio partido. Un partido similar al Nacional Socialista de Adolf Hitler. Su emblema: dos martillos cruzados. Un partido totalitario. Las campañas no fueron mal, tenía seguidores... Estaba loco... Y lo sabía. Su padre se le aparecía en sueños de vez en cuando, y repetía una y otra vez: "Me has olvidado", "no luché en una guerra contra el nazismo para que te convirtieras en uno de ellos", "a partir de ahora las caras de la gente serán máscaras que te sonríen cuando lo que desean es matarte". Aquellas palabras se le clavaron a Pinky Floyd como puñales en el estómago. Pero continuó... Persiguió y torturó a negros, a homosexuales, a liberales, a todos...
Pasó veinticinco años en Bélgica, vagando por las calles de Gante intentando curar su locura. Solo. Y se enteró al volver a Londres de que tenía una nieta llamada Lily. Era preciosa. Regresó al hogar familiar y se sentó. Observó a su hija, a su marido... y a su viejo gato. Se consumía el cigarrillo en su mano, sin apenas haberle dado dos caladas. Miraba a la pequeña niña, y a sus padres... Parecían felices, parecía que todo había cambiado... Pero él sabía que no. El mundo es así por naturaleza. Él, y su familia, eran tan sólo un ladrillo más en el muro.
Gracias Escanciador de Palabras.
"Este relato ha sido escrito por Aleyt van Aken, blogger invitada a Escanciador de Palabras".

miércoles, 9 de junio de 2010

el ladrón de historias

Antes de empezar, me gustaría dar un aviso: mañana será un día especial, ya que Escanciador de Palabras hará intercambio con otro blog, así que el relato será escrito por una blogger invitada: Aleyt Van Aken. Pero esto será mañana.



Se trataba de una sala oscura. Y pequeña. Los dos hombres le estaban esperando. Uno de ellos permanecía de pie. Vestía un traje oscuro, muy elegante. Iba bien peinado, calzaba unos zapatos italianos y desprendía un aroma a perfume. Se notaba, pero no cargaba. El otro esperaba sentado en uno de los dos sillones de la sala. Los dos únicos elementos mobiliarios de toda la estancia. Éste también iba elegantemente vestido, aunque logró apreciar que eso no era lo que más le importaba, a diferencia del otro. Su aspecto le daba igual, se notaba en varios aspectos: ese día no se había afeitado, el nudo de la corbata no estaba bien puesto y empezaba a dudar si ese hombre conocería la palabra perfume.


El primero dio un paso adelante y le estrechó la mano.

-Bienvenido, señor Fredrikson. Mi nombre es Hannigan. Pero puede llamarme Jack.

No sabía el motivo, pero ese hombre le causaba escalofríos.

-¿Sabe por qué está aquí, señor Fredrikson?

Su voz, tan grave y tan imponente, le hacía recordar a la de su padre. Ese hombe le daba miedo.

-Deduzco, por su silencio, que no. Ruego me disculpe si los métodos utilizados por mis hombres para contactar con usted y traerle hasta aquí han sido...poco ortodoxos.

¿Poco ortodoxos? Le habían secuestrado a plena luz del día, cuando salió de su casa para ir a trabajar. Le habían puesto una bolsa en la cabeza y le habían metido bruscamente en una furgoneta.

-No tengo dinero- logró decir.
-No nos importa su dinero, señor Fredrikson- anunció el tal Hannigan tras una breve risa.- Nos importan sus historias.
-¿Mi...mis...mis historias?
-Eso es. Sus historias.

El desconocido se sentó.

-Así que ya puede empezar.
-¿Empezar?

Cada vez estaba más nervioso. ¿qué esperaba ese hombre de él?

-Sí, empezar. Cuénteme una historia. La que usted quiera. Invéntese un cuento. No se queje, más fácil no se lo puedo poner.

¿Estaba hablando en serio? ¿Esa gente se había tomado tantas molestias solo para escuchar una historia? ¿Le habían secuestrado para ver cómo un don nadie como él les contaba un cuento? Logró hablar de nuevo:

-Disculpe, señor Hannigan, pero no sé de qué me está hablando.
-Es muy fácil. No hay que saber nada. Solo tiene que inventarse algo. Y contárnoslo. Una historia, una aventura. Puede usted incluir a tantos personajes como quiera. Puede ser una comedia, un drama, incluso un musical.
-¿Por qué?
-¡Qué importa eso! Usted hágalo. Y no me haga perder más tiempo. Ni a mi ni a mi amigo. Oh, pero qué maleducado he sido. No le he presentado a Robert.

Miró hacia el otro hombre, ahora ya un poco menos desconocido. Se sobresaltó al ver que empuñaba un revólver que le apuntaba.

-Robert pierde los nervios fácilmente. No querrá usted que se le dispare el arma, ¿verdad? Pues adelante, empiece. ¡YA!
-Está bien- espetó nervioso.- Érase una vez...
-¿En serio? ¿De verdad quiere empezar por Érase una vez? Puede hacerlo mejor.

Los sudores fríos iban ocupando cada vez más partes de su cuerpo. Su cerebro trabajaba a toda velocidad, aunque miraba de reojo a Robert y su revólver, cuya trayectoria seguía hacia su dirección.

-La gente le decía que cómo era posible que se hubiese enamorado. "No la conoces desde hace tanto tiempo", le espetaban. Pero a él le daba igual. Esa chica de pelo castaño le había cautivado...
-
Pare. Una historia de amor es demasiado fácil. Vuelva a empezar. Y esta vez lo hará mejor, lo presiento.

No se le ocurría nada. Y parecía que ese hombre no se contentaba con cualquier cosa, aunque parecía fácil cuando se lo explicó. Su mente seguía trabajando a marchas forzadas. Comenzó otra historia.

-Laura salió de clase a las nueve menos cinco de la tarde. Llevaba todo el día pensando en esa hora. Deseando que llegase. [...] Ese día le vio por primera vez. Era un hombre que vestía de negro, con el pelo largo y que llevaba una gorra de baseball. Estaba apoyado contra la pared. No le dio importancia el que se hallase allí. Sería cualquier amigo o familiar de cualquier alumno que, como ella, salía a esa hora de clase. Así que siguió caminando despreocupadamente sin percatarse de que el hombre alzó la vista y la siguió con la mirada, observándola hasta que dobló una esquina y desapareció por la calle adyacente...
-No me diga más. La chica acaba muerta y el misterioso hombre es la muerte que venía a por ella. Déjese de historias con final predecible. Quiero una historia buena. Quiero oir la mejor historia jamás contada, no me vale cualquier cosa. Le doy una última oporunidad. O, mejor, se la da Robert.

Cada vez veía más cerca su muerte. ¿Qué pretendía ese hombre? ¿De verdad quería escuchar una historia, o estaba simplemente jugando con él? Procuró relajarse un poco, aunque no era nada fácil. El dedo de Robert seguía en el gatillo. Su imaginación voló, en pocos segundos, a varias situaciones y mundos. Pero ninguna le convencía. Bueno, ninguna le convencería a Hannigan. Se le ocurrió una cosa. No, no funcionaría, presentía. Pero aquellos hombres se impacientaban. Que sea lo que Dios quiera.

-Se trataba de una sala oscura. Y pequeña. Los dos hombres le estaban esperando. Uno de ellos permanecía de pie. Vestía un traje oscuro, muy elegante. Iba bien peinado, calzaba unos zapatos italianos y desprendía un aroma a perfume. Se notaba, pero no cargaba. El otro esperaba sentado en uno de los dos sillones de la sala. [...] Cada vez veía más cerca su muerte. ¿Qué pretendía ese hombre? ¿De verdad quería escuchar una historia, o estaba simplemente jugando con él? Procuró relajarse un poco, aunque no era nada fácil. El dedo de Robert seguía en el gatillo. Su imaginación voló, en pocos segundos, a varias situaciones y mundos. Pero ninguna le convencía. Bueno, ninguna le convencería a Hannigan. Se le ocurrió una cosa. No, no funcionaría, presentía. Pero aquellos hombres se impacientaban. Que sea lo que Dios quiera. Y les contó su historia, la mejor que habían escuchado jamás. Esa misma historia. No había otra. Fin.
-¿Sabe qué? Me ha sorprendido. No pensé que tuviese tanta imaginación. Pensé que tendría que matarle tras otra mierda de relato. Pero esto no me lo esperaba. Es fantástico. Gracias, señor Fredrikson. Aunque... no me gusta el final. Demasiado abierto. Pero no se preocupe, no le voy a hacer pensar más. Ya lo pongo yo.

El disparo apenas le dio tiempo de sobresaltarle.