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miércoles, 1 de junio de 2011

futuro incierto

Jürgen encendió un cigarro. Lo necesitaba. Valencia le agobiaba. Le pasaba cada vez que visitaba esa ciudad. Y más aún ahora, con la feria del libro en su apogeo y toda la gente apelotonada entre las casetas. Además estaba enfadado. El cargamento había llegado tarde. Ese puto barco siempre se retrasaba. Aunque la culpa la tenía el capitán, vividor donde los haya. Había sido acusado por violación y todo. Cada mes, Jürgen se replanteaba volver a trabajar con él. Se acordaba de cuando era pequeño y no encajaba en su clase. Con nadie. Y ahora aquí está, esperando. Por fin, media hora después el barco llegó.

Sube a bordo y baja hacia el almacén. Se planta delante de la puerta, como dudando. La abre. Docenas de ojos se abrieron a la vez, fijos en los suyos. Iba a ser difícil elegir esta vez. Entra y cierra la puerta.

sábado, 12 de febrero de 2011

la vida (no) es así

Dos muertos y una veintena de detenidos en una pelea masiva entre "chalequeros" de Cruz Roja y Aldeas Infantiles
Los dos grupos de captadores de socios llevaban tiempo disputándose el control de las calles del centro
Dos personas perdieron la vida ayer en lo que ya se conoce como "la guerra de los chalecos", un enfrentamiento de proporciones masivas en el que participaron en torno a 50 captadores de socios de Cruz Roja y de Aldeas Infantiles. La Policía ha realizado 20 detenciones.
Los hechos ocurrieron a las 16:30 horas de la tarde de ayer cuando dos captadores abordaron a la misma persona. La confusión inicial hizo que la persona pasara de largo y dejara a los dos "chalequeros" discutiendo sobre quién ostentaba los derechos sobre esa concurrida zona del centro urbano. La trifulca llegó a las manos y los compañeros de los implicados acudieron a separarlos. Según los testigos hubo un cruce de insultos entre los dos grupos del tipo "nuestra labor es más solidaria" y "vuestra ONG tiene más de marketing que de labor humanitaria".
Todo apunta a que el detonante de la pelea fue el lanzamiento de una carpeta con formularios de inscripción sin que conste qué grupo lo inició. El enfrentamiento se extendió durante varios minutos hasta que llegó la Policía, aunque ya era demasiado tarde. T. P. M. mujer de 26 años de (voluntaria en Cruz Roja) y H. D. P, varón de 23 (captador de Aldeas Infantiles), perdieron la vida en la refriega. Sus restos han sido puestos a disposición del Instituto Anatómico Forense a la espera de la autopsia. Los detenidos ya han sido puestos a disposición judicial.
Ambas organizaciones han emitido un comunicado conjunto en el que condenan la violencia y expresan su dolor por la muerte de los dos voluntarios. Sin entrar en justificaciones, el comunicado explica "la dura situación de los chalequeros desde la llegada de Internet". "Antes de la red era la gente la que acudía a nosotros", relata, "pero ahora los interesados se enrolan en las páginas web y ya no se respeta el chaleco. Todo el mundo tiene prisa o ya es socio. La pasión solidaria de nuestros captadores hizo el resto".
Por su parte, la asociación Española contra el Cáncer y la Hermandad de Donantes de Sangre se han ofrecido a guiar el proceso de pacificación de las calles del centro. El Ayuntamiento aún no se ha pronunciado pero el grupo en la oposición ha lanzado la propuesta de hacer una estatua en memoria de los fallecidos y en reconocimiento a la labor de los "chalequeros".




Este relato ha sido escrito por Cuervo, blogger invitado a Escanciador de Palabras:
(http://graznidosdecuervo.blogspot.com/)

domingo, 26 de diciembre de 2010

sangre

Recibió las primeras muestras muy temprano esa mañana. La verdad es que sabía desde ayer que los del hospital se darían prisa, esos días tenían mucho jaleo. Desde que los medios de comunicación se hicieron eco días atrás de de esa posible "pandemia", como decían, de un nuevo tipo de gripe, la alarma social empezó a sonar y eran muchas las personas que estaban acudiendo a hacerse análisis de sangre. El laboratorio se encuentra en el sótano del hospital, pero el doctor Ricardo Lumen no sentía ningún tipo de envidia hacia las enfermeras de la planta baja, que trabajaban en unos despachos con mucha luz y tenían trato directo con las personas. No, eso a el le daba igual. De hecho, lo prefería así. Desde siempre se sentía más cómodo en ambientes más oscuros y, cuanta menos gente hubiese alrededor para relacionarse, mejor. La luz fluorescente del laboratorio tintineaba y no se molestaba en cambiarla. En una ocasión, el bedel del hospital entró con la intención de hacerlo, ya que se lo había dicho la limpiadora. Pero esa noche el doctor Lumen se había quedado trabajando hasta tarde y se lo impidió, aunque le costó. "Déjelo, yo soy el que trabaja en esta sala y a mi me gusta así". "Pues se le va a acabar fundiendo". "En ese caso, deje aquí el recambio y, cuando eso suceda, yo mismo lo cambiaré". El bedel acabó dándose por vencido, contra su deseo, y abandonó la estancia soltando improperios sobre el ego y la soberbia de todos los médicos.
La primera remesa de muestras era de 25, como siempre. 25 relucientes y vidriosos tarros con fresca sangre. Podía sentir el rojo líquido moverse aún, como si tuviese miedo de escapar del cuerpo que lo contenía. Sí, al doctor Lumen le gustaba la sangre. Y, cuanto más fresca, mejor. Pero tenía que resistirse, había gente que esperaba que fuese analizada. Ya no solo los ex-propietarios o contenedores de sangre, como a él le gustaba llamar a las personas, si no sus jefes. Y no podía arriesgarse a perder ese trabajo, el trabajo ideal. No, no podía perderlo por nada del mundo. Así que debía analizar cada una de las muestras que le llegasen. Pero, por suerte, la cantidad necesaria para su análisis era menor de la que le llegaba en cada tarrito. Así que, aún resistiéndose, podía beber. Aunque trabajaba solo en ese lóbrego laboratorio, no solía llevar a cabo su vicio secreto a la vista de un posible visitante. No había muchas personas, digamos, que le visitasen, pero toda precaución es poca. Así que se dirigía a un despacho contiguo al que se entraba por un lado del laboratorio. A la vista del "público" siempre lo tenía cerrado con llave cuando el no estaba y ninguna otra persona que no fuese él no había entrado nunca. Ese día, tan solo unos segundos después de recibir las muestras, ya se estaba metiendo en su despacho.

La enfermera jefe estaba bastante contenta con la chica que le habían mandado esa misma mañana a hacer las prácticas de extracción. Se llamaba Carolina y, al principio, la chica estaba un poco nerviosa, pero era normal. Había pensado en el día en que le sacó sangre a alguien por primera vez: temblaba de miedo, aunque intentaba con todas sus fuerzas que no se le notase. Fue en vano, ya que tuvo que pinchar tres veces a un paciente, sin éxito. Su supervisora acabó de hacer el trabajo y luego le echó una bronca que oyeron todos los presentes en la planta. Sintió mucha vergüenza, así que se propuso no ser muy dura con aquella chica de prácticas. Aunque tampoco mostrarse débil, ya que no le gustaban mucho las maneras de la juventud de hoy en día. Pero estaba contenta. La chica solo había tenido un problema, con el primer paciente, al que tuvo que pinchar dos veces, ya que la primera no tuvo éxito encontrando la vena. Pero ella le dijo que no pasaba nada, que intentase no ponerse nerviosa. Se relajó y, a partir de ahí, lo hizo todo bien. Pero unos momentos después de enviarle por un montacargas directo entre la enfermería y el laboratorio las muestras al doctor Lumen, se dio cuenta de que Carolina había hecho otra cosa mal. Vio que había una pegatina que no había puesto en un tarro. Un tal Mateo Luna se había quedado sin identidad en el laboratorio. Le dijo que estuviese más atenta la próxima vez y la mandó al laboratorio a darle al doctor la pegatina para que la pusiese donde correspondía.
Carolina salió de la sala de extracción un poco preocupada por sus dos errores del primer día. Pero mientras caminaba hacia el sótano, se dijo a sí misma que no se preocupase, que los primeros días de todo el mundo nunca son perfectos. Que su supervisora seguro que también tuvo sus errores. Aunque no se imaginaba, después de unas horas con ella, que ni el primer día pudiese haber tenido ningún tipo de error. Ya estaba llegando al laboratorio. Pensaba que ella nunca podría trabajar en un pasillo como aquel. Muy oscuro, muy deprimente. Como ningún paciente tenía permitido el paso allí, la dirección del hospital no ponía mucho esmero en adecentarlo y las paredes estaban llenas de humedades y desconchones. Les hacía falta un par de capas de pintura. Y hacía frío. Ya estaba frente a la puerta. Llamó con los nudillos, pero nadie respondió. Esperó unos segundos y volvió a intentarlo. Nada. Pensó que, quizá, el doctor Lumen estaría tomándose un café. Y sonrió al pensarlo. Con un poco de suerte no habría visto las muestras aún y no se habría dado cuenta de su error. No le agradaba la idea de que otra persona que no fuese su supervisora se diese cuenta de que lo había hecho mal. Así que entró, dispuesta a subsanarlo antes de que el doctor volviese. La estancia estaba vacía y, entre los aparatos, buscó las muestras. No estaban por ningún lado. Escudriñó la habitación en busca de algún rincón donde pudiesen encontrarse, pero no las vio. Eso sí, se dio cuenta de una puerta cerrada al otro lado de la sala. Había que fijarse bien para verla, la verdad, ya que se disimulaba bastante bien con el resto de la pared. Pero el pomo la había delatado. Se acercó y pegó la oreja. Oía música clásica. Así que no había salido a tomar café, si no que se habrá llevado las muestras a su despacho, pero no entendía por qué, ya que los aparatos para su análisis no se encontraban ahí dentro. Abrió la puerta y lo que vio le dejó asombrada: un señor canoso y con barba, que vestía una bata blanca y que dedujo que se trataba del doctor Lumen, se estaba bebiendo el contenido de un tarro. ¡No podía ser! Cerró los ojos un segundo y, cuando los volvió a abrir, vio que ese hombre la había descubierto y la estaba mirando. Con ojos de ira.

...

miércoles, 9 de junio de 2010

el ladrón de historias

Antes de empezar, me gustaría dar un aviso: mañana será un día especial, ya que Escanciador de Palabras hará intercambio con otro blog, así que el relato será escrito por una blogger invitada: Aleyt Van Aken. Pero esto será mañana.



Se trataba de una sala oscura. Y pequeña. Los dos hombres le estaban esperando. Uno de ellos permanecía de pie. Vestía un traje oscuro, muy elegante. Iba bien peinado, calzaba unos zapatos italianos y desprendía un aroma a perfume. Se notaba, pero no cargaba. El otro esperaba sentado en uno de los dos sillones de la sala. Los dos únicos elementos mobiliarios de toda la estancia. Éste también iba elegantemente vestido, aunque logró apreciar que eso no era lo que más le importaba, a diferencia del otro. Su aspecto le daba igual, se notaba en varios aspectos: ese día no se había afeitado, el nudo de la corbata no estaba bien puesto y empezaba a dudar si ese hombre conocería la palabra perfume.


El primero dio un paso adelante y le estrechó la mano.

-Bienvenido, señor Fredrikson. Mi nombre es Hannigan. Pero puede llamarme Jack.

No sabía el motivo, pero ese hombre le causaba escalofríos.

-¿Sabe por qué está aquí, señor Fredrikson?

Su voz, tan grave y tan imponente, le hacía recordar a la de su padre. Ese hombe le daba miedo.

-Deduzco, por su silencio, que no. Ruego me disculpe si los métodos utilizados por mis hombres para contactar con usted y traerle hasta aquí han sido...poco ortodoxos.

¿Poco ortodoxos? Le habían secuestrado a plena luz del día, cuando salió de su casa para ir a trabajar. Le habían puesto una bolsa en la cabeza y le habían metido bruscamente en una furgoneta.

-No tengo dinero- logró decir.
-No nos importa su dinero, señor Fredrikson- anunció el tal Hannigan tras una breve risa.- Nos importan sus historias.
-¿Mi...mis...mis historias?
-Eso es. Sus historias.

El desconocido se sentó.

-Así que ya puede empezar.
-¿Empezar?

Cada vez estaba más nervioso. ¿qué esperaba ese hombre de él?

-Sí, empezar. Cuénteme una historia. La que usted quiera. Invéntese un cuento. No se queje, más fácil no se lo puedo poner.

¿Estaba hablando en serio? ¿Esa gente se había tomado tantas molestias solo para escuchar una historia? ¿Le habían secuestrado para ver cómo un don nadie como él les contaba un cuento? Logró hablar de nuevo:

-Disculpe, señor Hannigan, pero no sé de qué me está hablando.
-Es muy fácil. No hay que saber nada. Solo tiene que inventarse algo. Y contárnoslo. Una historia, una aventura. Puede usted incluir a tantos personajes como quiera. Puede ser una comedia, un drama, incluso un musical.
-¿Por qué?
-¡Qué importa eso! Usted hágalo. Y no me haga perder más tiempo. Ni a mi ni a mi amigo. Oh, pero qué maleducado he sido. No le he presentado a Robert.

Miró hacia el otro hombre, ahora ya un poco menos desconocido. Se sobresaltó al ver que empuñaba un revólver que le apuntaba.

-Robert pierde los nervios fácilmente. No querrá usted que se le dispare el arma, ¿verdad? Pues adelante, empiece. ¡YA!
-Está bien- espetó nervioso.- Érase una vez...
-¿En serio? ¿De verdad quiere empezar por Érase una vez? Puede hacerlo mejor.

Los sudores fríos iban ocupando cada vez más partes de su cuerpo. Su cerebro trabajaba a toda velocidad, aunque miraba de reojo a Robert y su revólver, cuya trayectoria seguía hacia su dirección.

-La gente le decía que cómo era posible que se hubiese enamorado. "No la conoces desde hace tanto tiempo", le espetaban. Pero a él le daba igual. Esa chica de pelo castaño le había cautivado...
-
Pare. Una historia de amor es demasiado fácil. Vuelva a empezar. Y esta vez lo hará mejor, lo presiento.

No se le ocurría nada. Y parecía que ese hombre no se contentaba con cualquier cosa, aunque parecía fácil cuando se lo explicó. Su mente seguía trabajando a marchas forzadas. Comenzó otra historia.

-Laura salió de clase a las nueve menos cinco de la tarde. Llevaba todo el día pensando en esa hora. Deseando que llegase. [...] Ese día le vio por primera vez. Era un hombre que vestía de negro, con el pelo largo y que llevaba una gorra de baseball. Estaba apoyado contra la pared. No le dio importancia el que se hallase allí. Sería cualquier amigo o familiar de cualquier alumno que, como ella, salía a esa hora de clase. Así que siguió caminando despreocupadamente sin percatarse de que el hombre alzó la vista y la siguió con la mirada, observándola hasta que dobló una esquina y desapareció por la calle adyacente...
-No me diga más. La chica acaba muerta y el misterioso hombre es la muerte que venía a por ella. Déjese de historias con final predecible. Quiero una historia buena. Quiero oir la mejor historia jamás contada, no me vale cualquier cosa. Le doy una última oporunidad. O, mejor, se la da Robert.

Cada vez veía más cerca su muerte. ¿Qué pretendía ese hombre? ¿De verdad quería escuchar una historia, o estaba simplemente jugando con él? Procuró relajarse un poco, aunque no era nada fácil. El dedo de Robert seguía en el gatillo. Su imaginación voló, en pocos segundos, a varias situaciones y mundos. Pero ninguna le convencía. Bueno, ninguna le convencería a Hannigan. Se le ocurrió una cosa. No, no funcionaría, presentía. Pero aquellos hombres se impacientaban. Que sea lo que Dios quiera.

-Se trataba de una sala oscura. Y pequeña. Los dos hombres le estaban esperando. Uno de ellos permanecía de pie. Vestía un traje oscuro, muy elegante. Iba bien peinado, calzaba unos zapatos italianos y desprendía un aroma a perfume. Se notaba, pero no cargaba. El otro esperaba sentado en uno de los dos sillones de la sala. [...] Cada vez veía más cerca su muerte. ¿Qué pretendía ese hombre? ¿De verdad quería escuchar una historia, o estaba simplemente jugando con él? Procuró relajarse un poco, aunque no era nada fácil. El dedo de Robert seguía en el gatillo. Su imaginación voló, en pocos segundos, a varias situaciones y mundos. Pero ninguna le convencía. Bueno, ninguna le convencería a Hannigan. Se le ocurrió una cosa. No, no funcionaría, presentía. Pero aquellos hombres se impacientaban. Que sea lo que Dios quiera. Y les contó su historia, la mejor que habían escuchado jamás. Esa misma historia. No había otra. Fin.
-¿Sabe qué? Me ha sorprendido. No pensé que tuviese tanta imaginación. Pensé que tendría que matarle tras otra mierda de relato. Pero esto no me lo esperaba. Es fantástico. Gracias, señor Fredrikson. Aunque... no me gusta el final. Demasiado abierto. Pero no se preocupe, no le voy a hacer pensar más. Ya lo pongo yo.

El disparo apenas le dio tiempo de sobresaltarle.

sábado, 22 de mayo de 2010

mi primera vez

Una sensación no muy habitual en mí recorrió todo mi cuerpo. Una mezcla entre nervios y...quizás miedo. Muchos nervios. Me habían dicho de todo un poco: que me iba a doler al principio, que hay que ir poco a poco...pero que merecería la pena. Que después esos nervios se traducirían en gozo. Que después ese dolor desaparecería y se traduciría en placer por la vida. Que ese poco a poco pasaría a un mundo nuevo de sensaciones que haría que nunca, jamás echase de menos la situación anterior.

Y tenían razón. Hoy, por fin, me han quitado la venda. Después de tantos años sin ver por culpa de algo llamado ceguera congénita, pudieron operarme. No sé cómo, pensé que era inoperable. Pero lo han hecho. Y ahora sé cómo es la vida. Nací hace 24 años, pero ésta es mi primera vez en el mundo.

lunes, 17 de mayo de 2010

visita

Laura salió de clase a las nueve menos cinco de la tarde. Llevaba todo el día pensando en esa hora. Deseando que llegase. Por un lado estaba cansada, ya que por la mañana tuvo que ayudar a sus padres a acabar de desempaquetar todas las cajas que quedaban. Odio las mudanzas, pensó. Pero no era ese el único motivo que hizo que hubiese estado toda la tarde mirando el reloj que gobernaba la pared de su clase. El otro motivo era, por supuesto, un chico. Había quedado con Javier a las diez y media en un bar al que iban desde que empezaron su relación, dos meses atrás, y que ya hicieron suyo. Así que, aunque le daba tiempo de sobra para ir a casa, dejar los apuntes, cambiarse de ropa e ir a encontrarse con él, se dio bastante prisa en abandonar el aula casi sin despedirse de sus compañeros.


Salió de la facultad con el mismo sentimiento de todos los días de que no podía ser bueno salir de clase de noche. Pero es lo que tocaba. Tenía amigos que no pisaban por clase e, incluso, aprobaban las asignaturas. Pero ella no era así. Le parecía hipócrita decir que era universitaria y luego no acudir a la facultad. Así que iba todos los días religiosamente. Ese día le vio por primera vez. Era un hombre que vestía de negro, con el pelo largo y que llevaba una gorra de baseball. Estaba apoyado contra la pared. No le dio importancia el que se hallase allí. Sería cualquier amigo o familiar de cualquier alumno que, como ella, salía a esa hora de clase. Así que siguió caminando despreocupadamente sin percatarse de que el hombre alzó la vista y la siguió con la mirada, observándola hasta que dobló una esquina y desapareció por la calle adyacente.


Cuando entró en el bar llegaba diez minutos tarde. Su madre había conseguido entretenerla un rato alegando que no tenía la habitación lo suficientemente ordenada. Mamá, acabamos de mudarnos, déjame respirar, le había dicho. Javier la estaba esperando pacientemente en la barra, con una caña ante él. Tras un beso apasionado, aunque lo suficientemente discreto, pidió otra para ella y se sentaron en la mesa que solían ocupar normalmente. Hablaron de todo un poco. De cómo las clases de ambos habían sido un coñazo. De la mudanza, que tenía a Laura un poco harta. Y de los planes para el verano, tema importante ya que ella era de allí, de Oviedo, y él de Burgos.

-Podríamos ir a mi casa en julio y a la tuya en agosto.
-Ya, pero no quiero conocer a tus padres tan pronto. No me malinterpretes, te quiero, pero me da un poco de vergüenza.
-Sí, tienes razón, la verdad es que sería un poco pronto. Pero me muero de ganas de conocer Burgos.
-¡Normal! Jajaja. No te preocupes, te prometo que te lo enseñaré a fondo. Te va a encantar. Ya nos arreglaremos. Pero no sé aún si me saldrán unas prácticas este verano. Llevo dos años estudiando Periodismo y me gustaría entrar en alguna radio.
-Te entiendo. Es importante. Si no te explotan demasiado y te dan días de descanso alguna vez, nos vamos por ahí: a Burgos o donde sea. Yo lo que quiero es estar contigo.

Siguieron charlando hasta que las necesidades fisiológicas se adueñaron de la voluntad de Laura. Se acercó al baño y, al pasar por la barra, se dio cuenta de que allí se encontraba el mismo hombre que había visto dos horas antes a la puerta de su facultad. Vestía de negro, tenía el pelo largo y llevaba una gorra de baseball. Al principio pensó que era casualidad, pero al ver que la observaba cuando salió del baño, se puso un poco nerviosa. Aún así no le dijo nada a Javier. No quería preocuparle con un asunto que podría no ser nada raro. Aunque ella no lo creía. Cuando se acabaron la segunda cerveza ella le pidió que la acompañase a casa. El lo hizo gustosamente. Se besaron y se despidieron.


A la mañana siguiente su madre la despertó más temprano de lo habitual.

-Venga, levántate, que nos tienes que ayudar a colocar una última caja, que se nos había olvidado.
-mmmjdhjpaldhic
-Veeeenga. Eso te pasa por salir por ahí entre semana. Ese novio tuyo...
-Es cuando nos podemos ver. El tiene clases por la mañana y yo por la tarde.
-Me da igual. Pues os veis el fin de semana. Lo importante son los estudios.
-Sí, mamá.
-"Sí mamá", pero levántate ya.

No tuvo más remedio que obedecer. Se duchó, desayunó y cogió la caja que había que colocar. En uno de los lados ponía "álbumes". La abrió y cogió el primer álbum. Eran fotos de cuando ella era pequeña. Le hizo gracia verse cuando iba a primaria. Al llegar al final cogió otro y, cuando vio la primera foto, se sorprendió al ver a su padre cuando era joven. Tenía barba y el pelo largo, pero rizado, casi a lo afro. Se rió un buen rato. Pero se le pasó enseguida cuando abrió el tercero y vio una fotografía que le llamó mucho la atención. Era una foto del pueblo de sus padres, en una pequeña plaza. En primer plano se veía a su abuela sentada en una silla de esas de plástico blanco. La acompañaba su abuelo, sentado a su lado. Entre ellos, de pie, sonreía su madre. Supuso que el autor de la foto sería su padre. Pero lo que le hizo dar un respingo fue la figura que se encontraba en segundo plano y que miraba al grupo fijamente. Era un hobre que vestía de negro, tenía el pelo largo y llevaba una gorra de baseball. Era él. El que había visto en la facultad y luego en el bar el día anterior. Y ahora lo veía en una foto familiar. Enseguida llamó a su madre.

-Mamá, ¿quién es este que aparece en esta foto?
-A ver...Pues no lo sé. Sería uno que pasaba por allí.
-Este es el pueblo de los abuelos, ¿verdad?
-Sí. ¡Qué triste esta foto!
-¿Por qué dices eso?
-Porque esta foto se tomó el día anterior de que se muriese la abuela.


Después de colocar los álbumes en su nuevo sitio decidió que iba a ir a la facultad de Javier a contarle lo del hombre que había visto en dos lugares diferentes y, además, en una foto de su familia. Si se daba prisa llegaría al cambio de clases y le podría ver. Se terminó de arreglar y, tras despedirse de su madre, que refunfuñó un poco al ver que no se ponía a estudiar enseguida, bajó a la calle. Al cruzar el umbral del portal, un frío recorrió su cuerpo. Allí estaba, en la acera de enfrente, mirándola. Vestía de negro, tenía el pelo largo y llevaba una gorra de baseball. Se puso nerviosa y apretó el paso. Miraba hacia atrás, pero él no la seguía, sino que se quedaba allí, de pie, observando cómo se alejaba. Cruzó una calle a toda prisa sin darse cuenta de que el semáforo estaba en rojo. Oyó un pitido muy fuerte y, antes de que pudiese apartarse de la trayectoria de esa furgoneta que avanzaba hacia ella, sintió el golpe y cómo caía al suelo. Abrió los ojos como pudo y lo vio ante ella. Vestía de negro, tenía el pelo largo y llevaba una gorra de baseball. Cerró los ojos, esta vez para siempre.